miércoles, 24 de junio de 2020

871 Sin sentido



Canción para acompañar el texto: The Polar Dream - Caballos (Horses)
Tiempo aproximado de lectura: 4 min

Bienvenido, bellísima criatura del Señor, a la segunda temporada del 871. Si conoces esta atroz bitácora de tiempos anteriores ya sabes de qué va este bisne, sino, permite que te diga que la finalidad que tiene este espacio es hablar de temas random mientras nos salen un par de risas -como platicar entre amigos-, de una manera informal. Hablaremos de chile, dulce y de manteca, así que te pido de antemano una disculpa si algún texto o la manera de abordarlo es ofensivo para ti. Habiendo dicho esto, comencemos.

Me cayó como una epifanía, que no como mi bisabuelo Epifanio que un día llegó con dos caguamas y ya no se fue. Estaba chingándome un café, negro, cargado, sin azúcar, como me gusta y de sopetón me cayó la cascada de preguntas: ¿Qué pedo con la gente que no le gusta el café? ¿Por qué separado se escribe todo junto y todo junto se escribe separado? ¿Por qué se llaman rosas si hay de muchos colores? ¿Hasta dónde se lavan la cara los pelones? ¿Por qué abrimos la boca cuando volteamos a ver el techo? ¿Por qué volteaste a ver el techo después de leer la pregunta anterior? Otro traguito, ah qué bueno estaba ese pinche café. ¡En la madre! ¿Y si no les gusta porque no tienen sentido del gusto? ¿Cuál de los cinco sentidos preferiría perder? Qué difícil. Me cayó como una epifanía. Inserte gif del vato que tiene una revelación y explota su cabeza.

Se sabe hasta en Zimbabwe que tenemos cinco sentidos: vista, olfato, tacto, gusto y oído. Hay algunos más que dicen que tenemos un sexto: el equilibrio. Pero, mira, yo estoy todo burro y harto propenso a caerme, como ahorita que ando escribiendo esto con un esguince en la pata porque hace un par de días me di en tutta la madonna, entonces podemos decir que ese sentido va y viene, ayayay. Eventualmente, al morir, los perderemos todos, hay incluso quien se atreve a decir que es el oído el último que perdemos, aunque esto sería relativo y dependería del nivel de consciencia que tenemos antes de exhalar el último suspiro y el fin de toda actividad cerebral.

Se le llama ciego o débil visual a la persona que pierde o nace sin el sentido de la vista. Duele nomás de imaginar por un momento que dejas de ver a tus seres queridos, su sonrisa, los colores del amanecer o un arcoíris, una puesta de sol sobre el océano, las páginas de un libro, Game of Thrones, Breaking Bad o That 70’s show, que aunque podrías escuchar los diálogos jamás sería lo mismo; «gol de las Chivas, campeón, fue gol de las Chivas.» Entonces no, no preferiría perder la vista.

A una persona que pierde la capacidad de oler se llama anósmico (ah, claro, pos si no nomás vienes a reírte, también vienes a aprender), este sentido suele perderse temporalmente cuando te da un gripón encabronado y al estar ligado con el gusto se pierden también los sabores. Eso no significa que los demás también anden igual y no huelan tus pedos, eh. Todos tenemos un aroma único y especial, aunque eso no quiere decir que siempre sea agradable, como el muy particular olor a viejito; son tan individuales nuestros perfumes que cuando visitas la casa de alguien te das cuenta que tiene un cierto aroma, también tu casa lo tiene pero al acostumbrarse se ignora. Dejar de oler el carbón listo pa’la carniasada, el café de la mañana, las lociones de Hugo Boss, Carolina Herrera. Montblanc, Paco Rabanne, las entomatadas, el delicioso aroma a Gorditas de nata o el del petricor (tierra mojada) y hasta la horrible fragancia de las panaderías de la Farmacia Guadalajara no sería nada agradable. Entonces no, no preferiría perder el olfato.

Podríamos vivir sin vista, olfato, gusto y oído; pero no sin piel. Desde el dolor hasta las cosquillas pasando por la comezón, esta parte del sistema sensorial afecta a todo el cuerpo: sabes que algo está frío o caliente, si pincha o aprieta, si sientes el golpe, el garnucho, su abrazo y las caricias gracias al órgano más grande del cuerpo y eso es debido a que no sufres de anestesia o anafia, así que relájate con un masajito, manita de chango y nos rascamos la espalda y no, no preferiría perder el tacto.

Estás leyendo esto a cuarenta grados y te acabas de imaginar una kawasaki recién sacada de la hielera, como pata de albañil, bien helodia como el corazón de Bellatrix; te imaginas también cómo sus burbujas de carbonatación inundan tu sedienta garganta y ya párale porque se te hizo agua la boca, tranquílate, carnal. Aunque nos cayó el terregal y la lluvia, tons imagínate un pan dulce y un chocolatito, chsm que sea junio. Un pozolito, un menudazo, tacos al pastor, un rib eye a término medio, tus Cheetos Flamin’ hot, unos chapulines -¿cómo sabes que saben feo si no los has probado, pedero?-; una copa de vino, el café de hace rato, una agüita de horchata; el champú en la regadera, la sal cuando te revolcó aquella ola y la lista es interminable. Perder este sentido se denomina augesia y nosotros queremos seguir haciendo gestos con el limón, así que no, no preferiría perder el gusto.

¿Te imaginas no volver a escuchar a tu hijo diciéndote mamá? Mejor no lo imagines y sigue escuchando la rolita que te puse pa’ que amplíes tu espectro musical, también deléitate con la voz de terciopelo de mi gallo de oro, Valentín Elizalde; piensa en ese susurro cuando estás a punto de dormir y el espectro de tu habitación te llama por tu nombre y te asusta bien gacho, pensándolo bien, no te creas, mejor ese no. Escucha los golpes del oleaje en la playa, y si no puedes dormir como yo, pon el sonido de la lluvia y de los truenos en YouTube; recuerda cuando oíste esos latidos en ese ultrasonido, y cuando tu mamá te grita que bajes a comer; los ladridos del madafaca de don Atreyu. Otra lista eterna y no, no preferiríamos ser sordos.

Hay otras ocasiones en que existe la capacidad o posibilidad de experimentar sensaciones de varios sentidos -al menos dos-, foresempo: ver la música, escuchar los colores -así como tu amiga la intensa, que dice que las matemáticas son amarillas- y otros más sentidos cruzados o mezclados, a esta capacidad se le conoce como sinestesia, y no, no me refiero a los tutoriales de piano y teclado en YouTube, pon atención, chingao. Todo está te deja pensado hartas cosas: ¿A qué sabe el número 9? ¿Cómo se escucha? ¿Qué pedo con la gente que no le gusta el café? ¿Por qué separado se escribe todo junto y todo junto se escribe separado? ¿Cuál sentido preferiría perder? Seguro que el olfato no y mejor aquí le dejamos porque me llegó un olor a culco.

Texto: Jesús Cáñez
Imagen: Google Images
Video: The Polar Dream - Caballos (Horses) - YouTube
@ochosieteuno_

miércoles, 17 de junio de 2020

Segunda temporada


Infame mentiroso pareciera
si digo a sobresalto que no tuve
el tiempo necesario, pues estuve
pensando a esta bitácora que muera.

Confieso, pues, también, que en esta espera,
la tinta de la pluma la contuve
buscando las creencias por do anduve,
y es cierto que no existe algún "hubiera".

Mas vino más sensible la fragancia
que pone en el tintero mi revuelta
y brinda calidez a la constancia.

Alegre la sentencia ya resuelta
te pide que disculpes la asonancia...
...el ochosieteuno está de vuelta.

Texto: Jesús Cáñez
Imagen: Google Images.

miércoles, 16 de julio de 2014

No importa la hora




Canción para acompañar el texto: Flores sobre las piedras -Austin TV


Cuando ella despierta, su mundo también lo hace. El de él. No importa la hora, tan sólo importa el verde de sus ojos: su verde de hojas y flores, de manzana, de menta, de bosque y de musgo; su verde de luz infinita que dilata pupilas y dispara en la córnea para entrar por las venas; su verde que da vida a la de él cuando ella despierta. No importa la hora.

Y lo juzgaron de loco. 

Cuando ella despierta, su vida también lo hace. La de él. No importa la hora, tan sólo importa el aroma de su cuerpo: su aroma de brisa de mar por la mañana que enciende los sentidos y renueva la piel; su aroma de ambrosía eterna que transporta al onírico edén entre flores de inmensos jardines de cerezos; su aroma de tierra mojada que inunda el alma de él cuando ella despierta. No importa la hora.

Y lo llamaron demente.

Cuando ella despierta, su alma también lo hace. La de él. No importa la hora, tan sólo importa el tacto de su piel: su tacto de nívea seda reparadora de cirros, estratos, nimbos y cúmulos; su tacto de cosmos que desvanece cualquier preocupación por más grande que esta pueda ser; su tacto de miel que agazapa los miedos y hechiza el tiempo para detenerlo en el preciso instante que despierta el mundo, la vida y el alma de él. No importa la hora.

Y le gritaron lunático.

Y no le importó, como nunca le ha importado la hora. Por más que le llamen loco, demente o lunático, él no está confundido. No le importa el tiempo o lo que digan los demás. Le importa todo lo que es de ella: la boca de ella, el respirar de ella, los cielos, tierras y mares de ella, la noche de ella y los días de ella. 
Le han vuelto a ver por las calles. En algunos bares y en las plazas. Y le han vuelto a decir que es un esquizofrénico perturbado, que el amor le hizo daño. Y pareció preocuparse.

Pareció que dentró de él, se dejaban de desvanecer las preocupaciones, los miedos ya no se agazapaban y el tiempo no estaba hechizado. Y lo juzgaron de loco, le llamaron demente,le gritaron lunático y le dijeron esquizofrénico perturbado.

Y volvió a casa. Y cuando estuvo a punto de mirar el reloj, ella le dijo: buenos días, amor.

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Los relojes blandos - Salvador Dalí. Google.
Canción: Flores sobre las piedras -Austin TV. Youtube.
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miércoles, 18 de junio de 2014

Canta y no llores








Canción para acompañar el texto Cielito lindo - Mariachi Vargas de Tecalitlán.


 


La fiebre mundialista le ha llegado al pueblo y con fuerza. Como cada cuatro años una pelota de fútbol se apodera del mundo y el orbe gira alrededor de una cancha con una veintena de pateabalones; y nosotros como nación no somos la excepción, de hecho, creo que somos de los países más consumistas de esta vorágine futbolera que atrapa al globo de vez en cuando. Me explico.

Desde los infames comerciales de los patrocinadores de la selección hasta las genialidades publicitarias de Nike, nos vemos envueltos entre tazos para armar pelotitas en las bolsas de papas o tarjetitas de Cristiano Ronaldo en el pan; hay gente con su álbum Panini y cuatrocientas estampitas repetidas; y deja te presumo que en el HEB me compré un caballito de la selección azteca y una bolsita térmica de Corona donde caben dos seises. Todo pa' sentirme más mexicano y apoyar a sus seleccionados, ja. Pero qué te digo si ya sé que tienes tu camisa de la Selección que más que uniforme parece armadura de los págüer ranllers.
Pero no me malinterpretes, es chingón guardar esta clase de cosas que cada cuatro años nos hacen gastar un varito para tener una colección pambolera que en un futuro recordarás con mucho cariño, mira que te lo dicen mis monitos del perrito de la mascota de Estados Unidos 94 y la canción de Tecate: "La baja con el pecho y la domina, la mete al área chica y tira a gol".  Si la recuerdas a huevo que la cantaste. 
Sin embargo hay gente que también se trauma de otra manera en un mundial.

Digo, habrás de encontrarte a personas, sino es que acaso tú eres uno de esos que piensa que porque uno ve el mundial en Televisa o TvAzteca estamos vendiendo al país, y la realidad es que por noventa minutos viendo jugar a la selección de Alemania - que ah, qué bárbaros esos cabrones- te olvidas aunque sea un instante de tu presente, olvidas tus broncas, tus problemas con la vieja o con el viejo, te pones a sacar estadísticas que ni te importan pero hoy, como cada cuatro años, te llama la atención, y para eso es el fútbol, para olvidar por noventa minutos tus problemas. No es que vendas al país o que no te importe su realidad esquizofrénica en las calles, simplemente por noventa minutos lo olvidas.
Y vuelves a consumir mundial, ¿o no gritaste el gol de Peralta contra Camerún? ¿O no te emocionó Ochoa tapándole todo al anfitrión? Es bueno y hay que disfrutarlo, total, es cada cuatro años.

Diviértete, encabrónate, mienta madres, tómate una cheve viendo el fútbol,  olvídate de tus problemas, pero no olvides que sólo es un juego. Mientras tanto el lunes nos chingamos a los croatas y "ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones".

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Google.
Canción: Cielito lindo - Mariachi Vargas de Tecalitlán.
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miércoles, 28 de mayo de 2014

El abuelo






Canción para acompañar el texto: En un rincón del alma - Chavela Vargas




Me despertó el repique de las campanadas de las torres de la parroquia: agonías. Conozco a la perfección el tañido de la muerte. El fúnebre redoble que ejecutan las campanas al fallecer una persona… El abuelo. Ese viejo arrugado y enjuto que ayer lleno de vigor y fortaleza me aconsejó ante la falta de un padre dejó de existir en tierra ajena, tierra roja que alguna vez sintió cercana pero que nunca pudo amar. Una persona que entrega su carne diariamente a la melancolía de la espuma del mar no puede jamás volver a amar la tierra.

Llegó en la temporada de lluvias y el aroma a tierra mojada –su favorito- le envolvía el pensamiento recordando el sonido del oleaje del océano  y los muebles rústicos de su casita a cuatro cuadras del pacífico. Las gotas de agua que azotaban el zaguán complementaban la pena de su rostro cansado y pesaroso, mientras que el vaivén de sus pies en la mecedora blanca podría cortar la humedad del aire como igual pudiese hacerlo un cuchillo sin filo alguno. Y aunque ya casi no hablaba, sus ojos, profundamente dolorosos, expresaban los anhelos de su alma.
Sabía que estaba viejo y triste. A sus ochenta y seis el corazón se le había quedado en Bahía de Kino, nomás lo trajeron a este pueblo pinchurriento a morirse de tristeza. Sólo vino a evocar recuerdos de la pesca en la costa de Sonora, de sus bebidas traídas de Oaxaca y del vicio –así decía él- a la mujer por setenta años; pero también a dejar la remembranza de su sabiduría popular, el gusto por el mezcal y la afición por el sentimiento musical de Chavela Vargas. Y es que antes decía tantas cosas.
El abuelo decía tantas cosas, tantas que algunas se quedaron en aquel pequeño pueblo pesquero del Mar de Cortés sobre la vieja mesa de madera pintada de azul celeste tras las largas partidas de damas y dominó, otras tantas que recuerdo vagamente y otras más que en cada sorbo me queda la recapitulación tal como si me las dijera al oído en el cervecero calor sonorense:
­-No sea, pendejo, m’ijo, así no se toma el mezcal –decía con su acento norteño de voz de terciopelo y aguardiente- si le quiere sacar el diablo, chíngueselo así nomás, a lo baboso; pero allá usté. Esta es bebida mística, respétela y la madre tierra lo respetará a usté. Esto se toma a besos y no a tragos. ¡Ándele, así mero, chingao, qué le cuesta!

Aún sigo sin entender el capricho de sus hijos por traerlo a este pueblo alejado de la mano de dios y de los hombres. Pueblo ladrillero de cerro gordo, parroquia y plaza, pueblo húmedo y mujeres hermosas, pero sobretodo, pueblo ladrillero de cerro gordo, parroquia y plaza; pueblo húmedo alejado de la mano de dios y de los hombres.
Con todo y eso, valía la pena ver la reminiscencia en sus ojos de las viejas pláticas en las playas del Golfo de California.
Siempre tenía la razón, decía tantas cosas que era imposible ganarle una discusión. Contestaba perfectamente y con la sabiduría que sólo una vieja historia sobre la curva de la espalda llena de éxitos y fracasos, acaso más de estos últimos, podía definir con una humildad impresionante. En verdad tenía la respuesta perfecta a todo. La vez que su hijo mayor, mi tío, inició un romance con la esposa de su mejor amigo, aprovechando que toda la bahía estaba enterada, aventé la pregunta al compás de la mula de seises abriendo los decimales:
-¿Oiga, qué piensa de lo de mi tío con la vieja de Esteban?
Poniendo el seis/tres sobre la mesa respondió sin inquietarse:
-Apúntale quince. Mira, Abraham, la calentura es cabrona, más cuando la vieja está así de buena, pero hay ocasiones en que es mejor dedicarle una puñeta que cogértela. Aprende de las pendejadas de tu tío y de este viejo que te habla, no porque te quedes sin amigos, total, esos ni existen, sino pa’ cuidar la vida, m’ijo: no sabes si el otro cabrón te va a meter un escopetazo y te vas a chingar a tu madre. Seis/dos y apúntale otros cinco.
Una carcajada y veinte puntos abajo no pude más que asentir y darle un beso a las perlas que inundaban mi copa.

Cuando eliges la ropa que habrás de usar para el funeral de una de las personas que más ha marcado tu vida es sumamente difícil no derramar las lágrimas. A esas alturas las nubes de mis sollozos se derramaban hasta la comisura de mis labios donde la sal de mi llanto se saboreaba al igual que el piélago que muchas veces bebimos sin querer cuando me enseñó a nadar. Igual de complicado es no hacer alusión a tantas cosas que decía el abuelo, más al tomar la corbata que me regaló después de usarla cuando cantó “En un rincón del alma” en el entierro de la abuela:
-Fíjate bien en el ataúd, m’ijo, los muertos siempre regresan. No en la misma persona, claro, pero siempre que uno muere, otro más llega en el mismo círculo para ocupar su lugar. La vida es muy sabia, es un ciclo perpetuo.
Nunca pensé que esa misma corbata usaría yo para su propio funeral. De verdad que es muy difícil evitar el llanto y no recordar a ese ser querido cuando te tienes que vestir de acuerdo a la ocasión de su eterna despedida. Recuerdos, sólo recuerdos.
En esta tierra infame sólo perdura en mi memoria una imagen de aquel hombre  jovial y de espíritu encendido, la única razón que lograba sobresaltar su aparente calma, su interminable vicio: la mujer…
Apareció repentinamente en esa casa, en un momento exacto, cual estrella fugaz que uno observa en el preciso momento de voltear a ver al cielo en noches de noviembre. El reloj se detuvo. En su andar de cámara lenta con sutil sensualidad caminó como elevándose entre nubes: las zapatillas de tacón torneaban sus piernas de manera excepcional en el pequeño vestido negro que aprisionaba ajustadamente su cadera y un escote que apenas contenía la redondez y firmeza de sus senos; el bronceado de su piel de caramelo enmarcaba el cuadro más perfecto en sus ojos almendrados de gitana, todo complementado en el azabache de su cabello lacio al hombro; y un aroma de algodón de azúcar que terminaba de adornar a esa diosa de un olimpo terrenal que entró en la casa para volver a darle normalidad al paso del tiempo.
-¿Quién es esa, m’ijo? –preguntó emocionada la voz resquebrajada del abuelo.
-Se llama Ángela, es la esposa del ladrillero que vive a la vuelta de la plaza. Seguro viene por los intereses del préstamo pa’ la casa.
-Esa es hembra de buen ganado, eh. Ya no hay de esas. Si por mí fuera, nomás por el placer de echarme el taco de ojo, ni intereses le pagaba a la cabrona.
Pese al cuerpo viejo, la mente rejuveneció de botepronto, la cansada edad no parece ser obstáculo cuando una fragancia de algodón de azúcar te envuelve los sentidos. Hace un par de años ya de eso y fue la última vez que pude ver su antigua vitalidad.

 Volví a enjugar mi rostro para salir rumbo a la funeraria. Un velorio común y corriente en este pueblo ladrillero acaso más corriente que común: seis señoras rogando por su alma correteando avesmarías y padresnuestros, un conjunto norteño descuadrado por allá y por acá el mariachi más desafinado; las mismas condolencias: “lo siento mucho, Abraham, yo sé que era un padre para ti”, “era tan bueno”, “y pensar que antier lo vi ahí en la mecedora”…
Me asomé al féretro para verlo por última vez al recordar que “los muertos siempre regresan” y gratamente me sorprendió la sonrisa en su rostro. Él ya no sonreía, seguro que el maquillista hizo un buen trabajo en el rigor mortis del semblante del viejo.
Transcurrió el velorio entre tazas de café con piquete de mezcal y mezcal con piquete de café, una caja de cigarros y una madrugada interminable en la humedad de este pueblo pinchurriento. Para cumplir su voluntad de descansar en Sonora es más fácil cremarlo que llevar el cadáver hasta allá para inhumarlo, así que misa de cuerpo presente y a llevar sus restos al crematorio para enterarte que el maquillista no pudo modificar la sonrisa del abuelo, así murió y así quedó.
Al momento de entregarme la urna con sus cenizas el tiempo se detuvo y el ambiente se sofocó en la esencia de algodones de azúcar. Como en cámara lenta con su paso firme y seductor Ángela se acercó dándome el pésame y disculpándose por apenas enterarse. Llevaba con ella a un niño de alrededor de un año y podría cortarme un huevo y la mitad del otro si el pequeño no tenía la misma cara del difunto.
Vaya que en su perfección la vida es sabia y ciclo perpetuo. Todos pueden pensar lo que quieran, lo único que yo sé es que el abuelo decía tantas cosas.



Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Google.
Canción: En un rincón del alma (Interpretado por Chavela Vargas)
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miércoles, 23 de abril de 2014

La mano de Gabriel García Márquez






Canción para acompañar el texto: Macondo - Celso Piña (decidí esta versión debido al gusto de GGM por el vallenato).






Hace cinco años, pasando por la frontera de Nuevo Laredo, Tamaulipas, un lugar atrapó mi atención: lo que pareciera ser una antigua estación ferrocarrilera, era ya un centro literario nombrado Estación Palabra Gabriel García Márquez. Le dije a mi padre, que manejaba en su coche para llevarnos al puente internacional, "Si yo algún día llegara a estrechar mi mano con la de Gabriel García Márquez, no me la vuelvo a lavar y encima me cago". Mi padre con la rigidez que le caracteriza me respondió: "Ah, chingao, y por qué, si el cabrón también come, caga y también se va a morir". Ante tan sabia consigna que sentenció mi viejo no tuve otra más que pensar que la persona que me engendró por suerte no ha esperado cincuenta y tres años, siete meses y once días para estar con el amor de su vida, como Florentino Ariza. Y me duele pensar que tal vez no sepa que "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Ya ni decir que es probable que no conozca que "Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados en Francia".


La mano que escribió La hojarasca, Los funerales de la mamá grande, Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, entre otras más publicaciones, dejó de existir físicamente el pasado jueves diecisiete de abril, un jueves santo, justo como uno de los más grandes personajes que han existido en la literatura hispanoamericana, Úrsula Iguarán, quien "Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que le habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años". Salvo que el Nobel de literatura de 1982 dio su último suspiro a los ochenta y siete. Falleció en la Ciudad de México, donde durante dieciocho meses escribiera su novela más famosa y según varios listados internacionales uno de los mejores cien libros de la historia: Cien años de soledad.


Nunca pude estrechar su mano, como sí lo he hecho con otros escritores que admiro y respeto, o como mi esposa sí lo hizo con Vargas Llosa, de quien inclusive me regaló un libro firmado por el Nobel escritor de Pantaleón y las visitadoras. Pero más allá de pensar que nunca pude estrechar su mano, pienso que el también periodista nacido en Aracataca, Colombia, me regaló -como a toda la humanidad- todas sus letras, que es lo que realmente importa. 

En verdad no miento si digo que el creador de Vivir para contarla, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putas tristes es uno de mis escritores favoritos. La forma impresionante en que uno queda atrapado en sus detalles me fascina, tal como el olor de Remedios, la Bella, y todo lo que ocasiona, o las mariposas amarillas que perseguían a Mauricio Babilonia, o "porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra", por citar algunas del ya mencionado Cien años de soledad.


En paz descanse el autor de Del amor y otros demonios, ya he comprendido que no es tan necesario estrechar manos, lo mejor es quedarse fabricando pescaditos de oro o atado a un castaño en Macondo y conocer a un tal Melquíades, o en otros lugares conocer a Fermina Daza, la Mamá grande, Santiago Nassar, el Coronel,o a Eréndira. 
Descanse en paz el colombiano más mexicano o el mexicano más colombiano. Descanse en paz Gabriel García Márquez.

P.D. Este día le ha sido entregado a la autora de El tren pasa primero, Elena Poniatowska, el Premio Cervantes, enmarcando así a la escritora "más mexicana que el mole" junto a Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol en el retrato de los mexicanos galardonados con el máximo premio a las letras hispanas. Enhorabuena.

Texto: Jesús Cáñez.
Canción para acompañar el texto: Macondo - Celso Piña.
Imagen: Google.
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miércoles, 16 de abril de 2014

Semana Santa







Este texto es una serie de cuatro décimas en la que tu humilde servilleta narra brevemente la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Sé que antes me has leído bromeando acerca de cristianos, católicos, judíos, testigos de Jehová y hasta maradonianos, pero es eso, una simple broma.
Hoy con el corazón en la mano deseo que esta Semana Santa, seas creyente o no, fortifique y renueve el alma y el corazón de ti y de tus allegados. Te dejo pues estas décimas y la canción que acompaña al texto -escúchala completa, es un poco larga, pero vale la pena detenerse a pensar en lo que nos narra en sus versos-. Gracias por dar RT en Twitter y Share en Facebook.


Como varios dispositivos móviles no tienen la oportunidad de abrir dos pestañas te dejo el enlace directo de Youtube para que no tengas que salir al escuchar la canción.







Jueves Santo

Los pies, el agua y las manos;
la sangre lágrima y vino;
el pan que trajo el camino;
la gloria de los cristianos
y paz para los hermanos.
Con un beso se hace entrega
de la luz que al mundo lega
el sendero y la verdad,
así fue la voluntad
del señor alfa y omega.


Viernes Santo

Los juicios no tardan nada
ni a la búsqueda un madero
al tiempo que un juez severo
enjuaga su fe clavada.
Hacia el Gólgota pesada
cruz carga por mala acción:
empieza ya la pasión
que se eleva entre ladrones.
La muerte expira perdones:
termina en crucifixión.


Sábado de gloria

La fe se encuentra de luto
esperando el tercer día,
la madre, Virgen María,
con un amor absoluto
recuerda la voz del fruto,
que abriéndose al Paraíso
dejando listo el aviso
a los abismos desciende.
La Gloria una flama enciende
generando el compromiso.


Domingo de resurrección

Un sepulcro solitario
y a la muerte se ha vencido.
-El Señor no está, se ha ido,
dijo un ángel emisario
donde sólo hay un sudario.
Al mundo la Gloria abrió
con la cruz que en nos cargó
renovando la esperanza
creando una nueva alianza,
pues, ¡Jesús resucitó!

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: El Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí.
Canción: La noche, el grito, la muerte - Misioneros del Espíritu Santo.
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