miércoles, 11 de noviembre de 2020

Échale uno, échale otro...

 




 Canción para acompañar el texto: Baila mi cumbia - Jimmy Fontanez
Tiempo aproximado de lectura: 3:30 min

Le doy uno, le doy otro. ¿No le gusta? Se lo cambio. Sale uno, sale otro. Échale otro. ¿Quién me da mil pesos? Más abajo. Ochocientos. Échale otro. Ochocientos. Es más, no me dé ochocientos, deme setecientos. Y de regalo, y de regalo, le voy a dar el juego de cama. Mire, vea, para el niño el de los miniones y pa’ la niña, y pa’ la niña el de Peppa pig. Del bonito, del barato, de borrego. ¿Tampoco? Es más, a ver, señito, usted, la de rojo; oiga, güerita, ¿trae quinientos? No me dé quinientos, deme cuatrocientos pa’ echarme la persignada y mire lo que se va a llevar: secretario, pásame ese, el de arriba, ese mero, el del león, el suavecito. Está de pelos, de peluche. Échame otro y esas sábanas de hilo egipcio, y nomás porque ando de buenas dame ese cojín de popelina ¿ah, ya nos llevamos? Vea nomás, ¿se va a animar, caballero? Le doy otro. Cobrador, ve con ella...

Ya nomás leíste y te viste frente al vendedor de cobijas ¿edá? Así te quería agarrar. Ahí te tiene todo embobado el pinche merolico. No te culpo, es más, te justifico. Su discurso es ágil y verlo es un deleite; se avientan mensajes más rápidos que raperillo de poca monta soltando su doble tempo. Estos sujetos muchas veces son trabajadores y representantes de fábricas textiles, particularmente del centro del país; muchas otras son vendedores independientes que vienen haciendo el mismo oficio de generación en generación. Sin embargo, a pesar de las diferencias que pudieran existir dentro de su misma labor todos coinciden en que desde hace muchos años venden –o vendían- un producto estrella: la típica cobija de acrílico con estampado de algún felino, equino o guerrero prehispánico; exacto, el famosísimo cobertor San Marcos. Ese mero, el del tigre. Tan calientito que Jon Snow lo usa beyond The Wall.


Con nombre de evangelista Cristiano este singular aliado contra las noches de concha y chocolate se ha posicionado de un tiempo para acá como un estandarte dentro del imaginario de la cultura popular mexa. Tal vez junto a las máscaras de luchador, el albur, la selección nacional, el mariachi, el tequila o La Virgen de Guadalupe, es una de las efigies que ensamblan a todo el demográfico azteca.

Similar a los Chachitos que aparecen en tu alacena y nadie sabe de dónde salieron, esta ropa de cama cumple la misma suerte en tu armario. Nomás aparece. Disminuye la temperatura y arrumbado ahí bien dobladito encima de tus atuendos invernales ese par de ojos de unicornio en fondo azul te grita que quiere cobijar la piel chinita de tus brazos. ¿Quién eres para negarte al calor de la suavidad de sus fibras? Lo tomas y te enrollas en su calidez como abrazo de abuelita. Hasta lo sentiste, lirabirrow.

Jesús Rivera Franco fue el compatriota que materializó el sueño de tener una cobija que pudiera proporcionar calor y que fuera asequible para toda la población. Este residente hidrocálido oriundo de mi natal Teocaltiche, Jalisco, fue a trabajar a corta edad a una fábrica de sarapes en el vecino estado de Aguascalientes siendo ahí donde se familiariza con los textiles. Después de un par de viajes a Europa, particularmente a España, regresa con el material perfecto para concretar su idea. Dicen los que dicen que saben que después de más de dos mil intentos salió avante con la famosa cobija que engalana la mayoría de las casas mexicanas. Esa de cara en los dos lados y la etiqueta con los arcos de San Marcos ahí en agüitas.

Sin embargo, no siempre gozó de la popularidad que la nostalgia permite que hoy esos cobertores sean objetos de deseo. Por un tiempo, el San Marcos fue visto como un pedazo de tela de mal gusto o que bien, se relacionaba con las clases bajas y paupérrimas del país. Mera hipocresía, pues esta democrática cobija tiene su lugar en las casas de la gente más acomodada como su rinconcito en la de la familia más humilde. Tal vez esta idea se debió además de sus exóticos diseños, al uso que varias personas le daban, pues se veían en los asientos de los vochos, como cortinas o cubriendo el sillón fresón, no vaiga siendo que se nos manche.


Si tú tienes uno de los antigüitos permite que te diga que tienes una de las pocas piezas que se conservan de las confecciones originales. En los años noventa Rivera decide vender San Marcos a Cydsa –los de Sal La Fina, entre otros-, que debido a las pocas ventas del producto original decide cerrar permanentemente hace dieciséis años, por lo que si en ese lapso compraste uno de ellos lo más probable es que sea fake. Esa disminución de ventas se originó debido a la llegada de réplicas chinas a muy bajos precios, al igual que replicaron las guitarras de Paracho y los sarapes de Saltillo. Ponte al tiro, ahí andas bien contento con tu sarape de Saltillo made in China.

Hoy es tal la nostalgia del producto que inclusive la diseñadora Brenda Equihua hace dos años se dio a la tarea de lanzar al mercado siete productos basados en la idea original del cobertor San Marcos, entre los que destacan chamarras y sudaderas. Así que si te andan sobrando de 250 a 500 dólares lánzate por una de ellas.

Mientras llega el frío sabroso cobíjate con lo que halles, luego te das de topes por no hacerle caso al merolico cuando no le ofreciste los cuatrocientos que te puso ya en rebaja. Le voy a dar ese. Le voy a dar otro, ahí le voy. Le voy a dar el cobertor de Aguascalientes. Le doy ese. Seiscientos. Le doy otro. Seiscientos. Pero no me dé los seiscientos, no, deme cuatrocientos. Mire, vea, ahí le va. Pásame ese, el del tigre. Pásame otro. Cuatrocientos. Échale otro. Cuatrocientos…

Texto: Jesús Cáñez
Imágenes: Google Images
Canción: Baila mi cumbia - Jimmy Fontanez/ YouTube
@ochosieteuno_